Cuando tenía 8 años, llegó a mi vida una bolita de pelo con ojos grandes y una carita arrugada que parecía siempre estar sonriendo. Se llamaba Coco, y desde el primer día supe que no era solo una mascota: era mi mejor amiga.
Al principio, Coco era una bebé traviesa. Corría por toda la casa, mordía mis calcetines y se metía debajo de la cama cuando la regañaban. Pero después, con el tiempo, se volvió mi compañera fiel. Cuando estaba triste, ella se acurrucaba junto a mí. Cuando jugaba, saltaba y movía su colita como si entendiera cada risa.
Jugábamos en todos lados: en la casa, en el parque, incluso cuando llovía, porque Coco odiaba mojarse pero igual me seguía, solo por estar conmigo. A veces parecía que ella también sonreía, especialmente cuando la abrazaba fuerte.
Ahora, Coco tiene cáncer, y aunque eso me duele, sé que sigue siendo la misma perrita valiente y amorosa de siempre. Yo la cuido, la mimo y la acompaño, igual que ella siempre me acompañó a mí. Porque así es el amor verdadero: no se va, aunque el tiempo pase.
Coco no es solo mi pug. Es mi familia, mi amiga y la razón por la que cada día sonrío un poquito más. 💛🐶
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